Sus libros

 

Dicen que todo poema está incompleto hasta que no encuentra un lector, y es posible que una foto recién se complete cuando una mirada se posa sobre ella. Mientras tanto, miles de fotos se acurrucan en cajones y estantes y, en estos tiempos, millones apenas tienen una tenue vida latente en los discos rígidos de las computadoras.
Son los libros de fotos los que hacen revivir a las imágenes, les brindan sentido, las hacen decir. Durante años el papel fue el único soporte posible, y las imprentas muchas veces hacían naufragar los sueños de los fotógrafos. Bien porque el precio era tan alto que el proyecto se truncaba, o bien porque la calidad de la impresión no siempre respetaba los tonos que cada autor tenía en mente. Los libros digitales vienen a ocupar un lugar novedoso en este panorama.

Superficies nació de dos trabajos que fueron concebidos en distintas latitudes y en distintos momentos, pero que establecieron un diálogo una vez editados.
La fe en la piel es un reportaje fotográfico que se interna en el mundo del gauchito Gil, el santo pagano de mayor convocatoria en nuestro territorio, habla de una Argentina profunda, de una fe abrumadora, fraguada en el calor y en la exuberancia de un sentimiento irrefrenable.
Otras latitudes es una mirada más reflexiva acerca de preguntas existenciales. ¿A qué lugar pertenecemos, dónde vamos en nuestro devenir, cuál es nuestro lugar en el mundo?, quizás esas sean la únicas preguntas válidas que podemos hacernos y cuya respuesta tarda toda una vida en ser develada.
Cada uno de los ensayos nos interpela y juntos cobran otra dimensión, las fotos se entremezclan al hojear las páginas, nos cuentan, nos narran, pero también nos interrogan. Dialogan entre ellas y recién se completan con cada mirada que se va posando sobre ellas.

 



Fue muy emocionante ir con Longoni a los lugares que en estas últimas décadas de mi vida no me animé a recorrer, tanta era la nostalgia de aquel tiempo que ahora, en mis últimos años, pertenecen a algo perdido para siempre, en esta vertiginosa y trágica marcha hacia el fin. Lugares en que caminaron, discutieron, sintieron momentos de exaltación y de abatimiento, de sospechas y ternuras, dos de los personajes que más quiero en mis novelas, personajes ficticios, que jamás existieron en la realidad, pero que existieron en el fondo de esos oscuros rincones del alma, en que transcurren no sólo las ficciones, sino también los sueños y las pesadillas, los fantasmas enigmáticos que habitan ese misterioso territorio de nuestra existencia. Gracias, Longoni, por haberme permitido con su pasión y su talento, revivir hechos, vivencias e ilusiones que se fueron para no volver.

 

Ernesto Sabato


Este libro es como una cámara aguda que logra meter su lente en el ejercicio público y privado del fotoperiodismo. Desde como venderse profesionalmente en un medio, hasta como resolver las complejidades de una historia que será narrada en imágenes, pasando por los criterios para evaluar y editar las mejores fotos.

 

Ezequiel Martínez


Es obvio que la poesía y la fotografía pueden complementarse y hasta influirse recíprocamente. Por una parte, la fotografía capta una imagen fija, inmóvil (a veces sólo un instante de una realidad dinámica o de una coyuntura motriz, desplazable o vibrante), y la poesía puede, a partir de esa suspensión o tregua del movimiento, hacer una lectura que la enriquezca. Por otra parte, la poesía, que genera o propone transformaciones, procesos, auges o deterioros, puede ser sintetizada ejemplarmente por la fotografía cuando ésta elige de aquella una imagen decisiva, que habla por sí misma. De modo directo o indirecto, la fotografía a partir de un texto, puede llegar a construir una insustituible metáfora visual, capaz de fijar en la memoria para simpre, o para casi siempre, un hallazgo verbal que, de otra manera, habría pasado sin pena ni gloria. La apasionante experiencia que he vivido con Eduardo Longoni y el talante intuitivo y revelador que transmite a su cámara, me ha servido entre otras cosas para recuperar estampas de mi pasado, calcomanías de mis barrios, calles de mi modesta biografía, ilustraciones de una ciudad remota y también actual, que es para mí entrañable y que había quedado algo desdibujada en mi memoria después de doce turbios y enturbiadores años de exilio.
 
Mario Benedetti


A través de las edades y de las técnicas, la imagen se ha ido introduciendo en la poesía. Y esto ha ocurrido cuando fue dibujo, diseño, pintura, o simple abstracción. También cuando es fotografía. Creo que fue Diane Arbus quien proclamó que una "fotografía es un secreto acerca de un secreto", y tal vez podríamos agregar que es una revelación acerca de una revelación. Como tal pueden insertarse en la poesía, para darle fuerza o ampliar su horizonte.A su vez, la poesía puede retribuir esa asistencia incorporándose a la fotografía, ya sea como vago celaje o como alegoría entre brumas.Hace 134 años escribió Rubén Darío que "las cosas tienen su ser vital". También lo tienen la poesía y la imagen fotográfica.Y su particular atractivo proviene de que esos seres vitales se compenetren y se ayuden.

 

Mario Benedetti


Una susceptibilidad repetida vincula a los fotógrafos con quienes sospechan ser sorprendidos en su intimidad por el disparo de una cámara traidora. Se subestima, entonces, una evidencia: el fotógrafo también desnuda su intimidad, sus anhelos, a veces su poesía. Quien conozca a Eduardo Longoni ni temerá ni será traicionado. Aún más: descubrirá elementos que había omitido o ignorado. Sus ensayos sobre Ernesto Sabato y Mario Benedetti son minuciosos diálogos entre retratado y retratador. El deseo de generar imágenes apoyadas en la literatura del tango -y en su música, desde ya- indica que Longoni disfruta de su presencia en Buenos Aires y percibe sin caprichos imágenes que se ofrecen a todos los habitantes de la ciudad. pero sólo algún artista es capaz de detenerlas para que disfruten todos, los indiferentes, los solidarios y los susceptibles.

 

Hermenegildo Sábat

La Patagonia es el reino de la desmesura.
Desmesurado era el tamaño de los indígenas que el cronista Pigafetta, que acompañó en 1520 la expedición de Magallanes, creyó ver. Y desmesuradamente conmovedor es un reflejo de sol sobre el lago Espejo.
Es tierra de viajes y de aventuras. De viento y de belleza.
Tierra de monarcas alucinados y alucinantes. Erigirse en rey de la Patagonia fue un sueño que rondó por más de una cabeza. En 1860 Orèlie de Tounens se hizo proclamar monarca con el nombre de Aurelio Antonio I. Nombró ministros y acarició la idea de un ejército propio, para dar, al fin, con sus huesos en una oscura prisión. Ya en nuestros tiempos es el príncipe Felipe I de la Araucanía y la Patagonia quien reclama desde París obediencia a una tierra que nació salvaje.
Tan salvaje que por sus montañas y desiertos cabalgaron famosos bandidos como Butch Cassidy y Sundance Kid.
Quizá sólo en la Patagonia sea lícito preguntarse: ¿Y si soy el primer humano en pisar este pedazo de tierra? ¿En contemplar este ángulo del paisaje? ¿Y si de este aire nadie respiró? ¿Y si de este agua nadie bebió?
Aún hoy, muchos sueñan con hallar la ciudad encantada de los Césares, persiguiendo la leyenda que se originó en relatos de sobrevivientes de la expedición comandada por Don Francisco César, quien allá por el año 1526, intentaba dar con la fantástica Sierra de la Plata. Aquel lugar, se decía, no tenía nada que envidiarle en riquezas y piedras preciosas al imperio de los Incas en el Perú. Otros desesperaban por encontrar la ciudad de Trapalanda, un sitio donde nadie padecía necesidad ni privación alguna. Una suerte de paraíso en el que nadie se enfermaba ni moría jamás.
Leyendas y más leyendas pueblan la idea mágica de la Patagonia. Sus ancestrales habitantes, los mapuches, se han ido contando alrededor del fuego, y de generación en generación, los misterios de la naturaleza que los cobija.
Este libro sólo pretende mostrar un viaje más. Un viaje por el Camino de los Siete Lagos y sus alrededores. Un corredor de poco más de 100 kilómetros que va desde San Martín de los Andes hasta Villa La Angostura. El camino más bello del mundo.
El genial fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson decía que la cámara fotográfica no es más que un libro de bocetos. Los viajes nos acercan visiones efímeras, relámpagos, texturas. Muchas veces, parte de esos momentos son guardados en la oscuridad de una cámara. Almacenados en rollos en los que siguen latiendo momentos irrepetibles. Luces mágicas, que de no ser atesoradas por la lente, se hubiesen desvanecido en la memoria.
"No hay otro lugar en el mundo en donde se pueda estar tan completamente solo", escribió la viajera inglesa Florence Dixie. La Patagonia: un lugar para llenarse la mirada de belleza y el alma de sensaciones.

Eduardo Longoni

Desde Veinte poemas para ser leídos en un tranvía (1922) a En la masmédula (1956), Oliverio Girondo llevó a cabo una de las mayores aventuras de la poesía en lengua castellana. El juego con la imagen brillante y la irreverencia en un principio, un desolado rastreo en la incertidumbre más tarde y finalmente la reelaboración bullente y desquiciada de las posibilidades de la lengua, son los principales rasgos de una obra que, a más de un cuarto de siglo de la muerte de su autor, vuelve a nacer ante los ojos de quien quiera leerla. Y que además implica una actitud: creativo, burlón, desafiante, lúcido, abierto a muy diversas dimensiones de lo humano, ese Girondo no sólo está presente en los seis libros que publicó, sino también en una serie de poemas que escribió en distintos momentos de su trayectoria y que hasta ahora permanecían inéditos o sólo habían aparecido en diarios. Este volumen los reúne por primera vez.
Puede decirse, por lo tanto, que este es un nuevo libro de Oliverio. Pero también es algo más: el peculiar espacio que se produce en el encuentro entre los poemas y el mundo del poeta, tal como lo presentan las fotos que reunió Eduardo Longoni: rastros atesorados para dar cuenta de una presencia singular. Ni las imágenes ilustran lo que dicen las palabras, ni las palabras explican las imágenes, sino, más bien, entre unas y otras se abre un espacio en el que vaga, incansable, el espíritu de Girondo.

Daniel Freidemberg

La tensión  política y social de la Argentina irresuelta consigue, con excesiva frecuencia, que la violencia encuentre su eterno retorno. Durante la dictadura militar (1976-1983) aquellas sangrías fundantes de la conquista, aquellas guerras brutales y facciosas de la independencia, aquellas matanzas de la Patagonia Rebelde o de la Semana Trágica, se juntaron en un solo haz para perturbar el semblante dolorido del país con una eclosión de terror destinada a marcar los cuerpos de la resistencia, de la oposición y de la crítica.   El videlismo reordena nuestra historia de violencia;  a partir de sus matanzas todo atentado, toda muerte, toda explosión remitirá a esa espada chorreante, a la Argentina como un espacio de vida provisoria, donde las formas más salvajes del poder político pueden despertarse y arrinconarnos.
La fotografía de Eduardo Longoni participa de esta lectura: la imagen de la violencia  no es solo el momento de la matanza o de la tortura, es un racimo de ojos uniformados, firmes en el hábito de la amenaza. El rearmado de la tragedia es la sombra de una víctima retornando al chupadero donde su vida estuvo suspendida y a punto de desaparecer. Es el gesto pietista y reconcentrado de quien se cree conectado con Dios para justificar su cruzada sanguinaria y buscar la legitimación en el templo donde un chico está recibiendo la hostia. Y son las cargas de caballería y los gestos crispados de las Madres y hasta los espacios vacíos de Malvinas donde hubo alguien que ya no está en ninguna parte. Y es también un juego de imágenes contrastadas: los refugios de la miseria después de una inundación vecinos a la mueca autosatisfecha de los responsables de la reproducción del espanto. Liberados de la dictadura, carapintadas que eligen la teatralización siniestra; la ciudad trizada de las protestas civiles; los megaatentados que sacudieron a la comunidad judía  y más: la dictadura y la posdictadura serpentean por estas imágenes, golpean en el plexo para abrir su significado y provocar un examen de nuestro lugar ineludible en esas imágenes.Se trata de fotoperiodismo, se trata de algunas de las obras que arman la iconografía de una época en nuestro país. Revistándolas nos reencotramos con las sensaciones abismales de aquella primera vez, con la angustia, con el dolor, con un inevitable miedo porque constatamos la recurrencia de una vida política que con excesiva frecuencia se dispara siempre desde las mismas manos, siempre en contra de los mismos.
Están en estas fotos las diversas formas que la espada cobra entre nosotros, la facilidad que posee el  poder para dejar de lado los mecanismos que lo encuadran en una institucionalidad incipiente si esas reglas de juego lo amenazan. Theodor Adorno conmovió a toda la cultura occidental cuando aseveró que escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie. Toda la expresividad se pregunta cómo sigue la historia y la respuesta precisa flota aún entre nosotros, como si el maestro de la Escuela de Frankfurt nos siguiera interpelando diariamente. No es fácil responder qué poemas se pueden escribir después del videlismo. Pero aquí Longoni hace una aproximación: al menos, estas son las fotografías que hay que tomar.

Vicente Muleiro
escritor y periodista

Es un explorador solitario, que deambula sin plan fijo. Como buen cazador al acecho, procura
pasar lo más desapercibido posible. Por eso sólo se mueve con alguna pequeña cámara a cuestas, la primera que encuentra a mano. Nunca prestó demasiada atención a calidades y marcas y se adaptó a lo que tuvo; digo más: usa las cámaras en los programas más sencillos, los mismos que usa para enseñarle a su hija a sacar fotografías.
Su campo de acción es la calle, o sea, las antípodas de un estudio. Vaya a saber cuántas veces, a lo largo de su vida, apretó el obturador de una cámara. Sin embargo, todavía se sorprende por la emoción que lo embarga cuando lograr capturar determinados instantes.
A veces, por triviales que sean, eso puede cambiarle el ánimo.
Estas fotos de Eduardo Longoni han sido sacadas al paso. A su juicio, no pretenden narrar nada: aspirar a despertar emociones dormidas o el mero deleite de mirar. Sin embargo, son imágenes de extraordinaria potencia, que apuntan al corazón. Basta ver ese árbol sacudido por la furia en el Canal de Beagle o la tristeza que emana de la estación Yrigoyen en una tarde de sol.
Cuando uno las mira comprende por qué nunca va sin su cámara.

Eduardo Belgrano Rawson

La noción del tiempo me atormentó desde la infancia. No podía entender cómo a mis padres les parecía que el año había pasado "volando? si a mí me había resultado eterno y tedioso. No me daba cuenta que empíricamente empezaba a comprender que la idea del tiempo solo es única y perfecta en la cabeza de aplicados relojeros suizos. Para el resto de los mortales hay múltiples tiempos, los interminables tiempos de la espera, los fulminantes segundos previos a un accidente, las morosas horas de la siesta en la niñez.
Recorrer los oscuros pasillos de la Cartuja San José en Deán Funes apenas surcados por monjes encapuchados y dejarme llevar por los cantos gregorianos que entonan por las madrugadas, me condujo siglos atrás. A un tiempo que nunca viví, pero al que me sentí transportado por la atmósfera medieval. Sentir cómo en Casabindo cada 15 de agosto se parece al anterior y al anterior del anterior, hasta remontarse a los años de la conquista. La mezcla de catolicismo y costumbres de la Puna se traduce en sacrificios de animales en honor a la Virgen y una corrida de toros en una plaza amurallada. Sus pobladores repiten el rito como si los días, los meses y los años no tuvieran lugar.
Y en lo que fue la Villa Epecuén tapada por las salitrosas aguas de la laguna ver ahora, tras la bajante, que sólo quedan esqueletos de casas, troncos de árboles pintados de sal y Cristos lastimados desprendidos de las lápidas del cementerio de Carhué. El pueblo vivió años sumergido y fue entonces cuando detuvo su pulso por completo. En la colonia menonita de Gautraché, por el contrario, siempre falta el agua, por sus calles polvorientas sólo pasan carros tirados por caballos, y en los establos pude observar que aún se ordeñan las vacas a mano, no se escucha música y cuando llega la noche a las casas las traga la oscuridad. No hay electricidad, no hay motores, hay un férreo apego a una cultura y a unas costumbres que no sufren cambios desde generaciones inmemoriales.
Los diablitos de la quebrada son el carnaval. Nada da comienzo si ellos no llegan. Pero también representan las dos caras de la fiesta, el descontrol, y la tristeza. Participé de una de las invitaciones que le realizaron a la comparsa "Los alegres de Uquía? a una casita de adobe colgada de la montaña. La celebración pagana, la Pachamama, la chicha y el baile, la religión católica, fueron formando por siglos una amalgama que se mantiene a través de los tiempos. Esos tiempos que parecen detenidos en estas historias que se entrecruzan a la distancia, desparramadas por la geografía del país.
Tiempos sin tiempo, destiempos.

Eduardo Longoni

Eduardo Longoni Fotografía - Buenos Aires - Argentina - info@eduardolongoni.com.ar
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